Jessica Isla
San Pedro Sula, Honduras.
Afrodita
Afrodita se encuentra sentada
a la orilla de la tarde
y otea al infinito
desde las cuencas de sus ojos vacíos.
Se vuelve, cotidiana y sueña con la noche,
como un anhelo triste e inacabado.
El mundo que conoce se derrumba
mientras ella juega desnuda
sobre camas vacías
con sombras de recuerdos ocultos
y pasados fugaces.
Los hijos, las ansias
la ropa que lavar,
el problema del piso,
la ropa media puesta de
camino al trabajo,
¿en que esquina y de que modo
se perdió
la diosa?
¿dónde encontrarla?
Perdidos,
los sin rostro
acuden en su busca
como fieles adoradores de lo oculto,
esperando comprar una ilusión ficticia.
Ignoran que Eros hace tiempo que no vive con ella,
se fue llevándose tras él los sueños incendiarios,
los deseos.
Fue una simple cuestión de sobrevivencia.
La abandonó el día en que tuvo que enfrentarse
a la humanidad cotidiana, al polvo,
a la indiferencia.
No es nada personal,
que desilusionados, los adoradores pretendan
cortarle la cara a pedazos,
profanarla, violarla, mutilarla.
El mundo conocido la observa y la saluda
con la misma expresión de hastío de todas las
mañanas, mientras rumian
palabras desechadas,
y uno que otro cuento inacabado.
A nadie le interesa y
a todos les asombra,
que la diosa perdida
conviva entre los muertos.
No quiere saber...
No la obliguen a
conocer la nada.
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